La chaborroteca
El mal gusto es un fantasma que recorre, como la pava, la identidad venezolana. Y hay que asumirlo y gozarlo. No necesitamos ver fotografías ochentosas con lentejuelas, hombreras y sombras doradas. El gusto por el mal gusto es un continuum que se mueve a nuestro ritmo, ora disfrazado de moda, ora de invasión que como sarna se rasca con gusto y no pica...
Lo chaborro, el sentir chaborro, es una banderita de fieltro que se levanta los días de fiesta nacional en la tarea trasnochada de un niño flojo.
Es la camisa mal planchada que obtiene como piropo: "mijo, ¿la tenías en una botella?"
Descubrir el mal gusto no es tarea de censores, sino de secuaces. Somos cómplices del sostén de tiras invisibles que sí se ven (y se ven más). Amigos del "ay qué lindo" ante unas uñas estampadas. Y amigos de esa nostalgia que se convierte en cursilería y se reafirma como lo chaborro.
Como no podemos luchar contra la corriente (o en mi caso, se aplica aquella de "Si no puedes con ellos, confúndelos"), como sabemos que Yasuri Yamilé será alcaldesa y el Latin American Idol acabará con nuestras vidas.
Inauguramos LA CHABORROTECA
Laura, la que saca la lengua
Jess, que reticulea (como perrear, pero más sabroso)
y servidor... que sacaré los discos chaborros que tengo detrás de los de Mahler, Claude Bolling y Putumayo.
Lo peor de nosotros mismos, y qué...
El mal gusto, como político, es democrático, plural y participativo.





