Crónica de línea blanca
El mismo día que le disparaban a los hermanos Faddoul y a Miguel Rivas, una bala le zumbó en el oído a Franklin, de 15 años. Se la regalaron unos malandros después de golpearlo un rato y robarle lo que tenía.
Contexto: Franklin estudia los sábados. Está sacando la primaria. Vive en un barrio llamado Mume, cerca de Charallave, y en la semana trabaja junto a Jorge alquilando lavadoras. Entre los dos llevan las lavadoras a los barrios donde las señoras hayan guardado algo de dinero para no lavar a mano toda la ropa de la familia.
Antecedentes: Jorge tiene 20 años. Acaba de terminar el servicio militar y no tiene trabajo. Su padre tenía algunas lavadoras de una vieja fábrica que cerró hace años y dejó un montón de desempleados en los Valles del Tuy. El chico contrató a Franklin y entre los dos recorrían barrios alquilando por un día los aparatos. Tenían un camioncito, un teléfono celular, y las direcciones típicas: "detrás de la mata de mango, donde está la cancha de bolas criollas"; "junto al bar y el taller mecánico amarillo donde hay una gandola oxidada"; "en la entrada derecha de las terceras escaleras". Aquí las direcciones no se dan en cuadras o usando a los McDonalds como referencia. No.
Síntesis: El día que Venezuela encontró a los hermanos Faddoul y a Miguel Rivas tirados en un rincón de los Valles del Tuy, en otro estaban pateando a Jorge y Franklin mientras le robaban el dinero de los alquileres, las lavadoras, y la batería del camioncito. Del barrio sólo algunas mujeres salieron a protestar. 1- Porque mañana y pasado tendrían que lavar a mano; 2- Porque estos chamos podían ser sus hijos; 3- porque efectivamente, los que robaban, eran sus propios hijos.
Uno de ellos disparó contra Franklin y fue un murmullo que le pasó junto a la oreja: "sigues vivo, guevón". Éste sólo se dio cuenta al meter su dedo en la pared de bloque que había detrás y ver que también pudo ser su cabeza. No se recuperó del shock sino hasta después de beber agua. "Chamo, pensé que se me iba a salir el agua por un hueco que no me había visto", me dijo.
Volvió a nacer, parece que dijo su madre. "Nos hace falta el dinero, pero con este miedo, Franklin no vuelve a salir".
Después de la coñaza, los gritos, el disparo y el buche de agua; los dos jóvenes de las lavadoras a domicilio se encontraron a unos policías. No fueron cómplices y dieron nombres, mostraron los golpes, el camión, y la declaración de una señora. La autoridad sólo les dijo: "Ah, pero no les pasó nada. Sigan circulando, carajitos".
Tesis: A veces, sólo muy a veces, hay justicia.
Basta que alguien destranque el juego.





