Krisis discursiva
De Karl Krispín, Camino de Humores. Fondo Editorial Fundarte. 1997. pp 196-197."En nuestro país, desde el momento en que fue devaluado el bolívar en la década de los ochenta hasta nuestros días, el discurso de nuestros ductores al igual que el de la clase intelectual (que debería poseer un entendimiento más lúciso del fenómeno sociohistórico) ha cerrado filas al rededor de una palabra y un concepto: la crisis. Desde el Viernes Negro, surgió no sólo una divisón dolorosa dentro de la etapa democrática sino que se generó nacionalmente, por esas paradojas incomprensibles, el argumento pesimista para calibrar la sociedad que habíamos construido (o ¿destruido?). Surgieron la desazón, la impotencia, fundamentalmente la falta de imaginación nacional, empaquetados bajo el rótulo de ese leitmotiv, de ese objeto de medición histórica llamado crisis. En adelante el país ha pasado a definirse ontológicamente bajo los rediles de una disolución permanente. La pomposa y reiterada palabra, mil veces invocada, mil veces increpada, como un rito chamánico, ha sido el peor anatema al que hubiese podido recurrir. Caímos en una trampa irremisible. Nos castigamos entre sus barrotes discursivos.
Wittgenstein, acaso el filósofo que más ha penetrado en torno a los problemas de lenguaje, sentenció que el origen del mal o de la descomposición tenía su origen, justamente, en un problema de lenguaje. En pocas palabras, nuestro desentendimiento obedece casi a problemas lingüísticos mal planteados. Pues bien eso hemos hecho con la crisis. Hemos creído que su confortable espectro de definición nos ofrecía una salida, pero apenas nos asomamos entre ella, quedamos perdidos entre el laberinto, por haber abusado de ella. Hemos hecho de la coyuntura un panorama sistémico. Hemos convencido a todo el sistema de que la crisis era ubicua y de allí nuestro enredo en esta suerte de tela de araña patria".
(Imagen: Complex, de Diana Ong)





