Por un cocotazo
(a papá que vio el partido sin mí)
Escribo esto a las 8 de la noche de un día después y la celebración no ha parado. Ayer Venezuela ganó la Serie del Caribe de Béisbol. Justo ahora, Oscar D’León está con un gentío en Los Proceres, un paseo que desde temprano está colmado. Se cumplen la premisa de hace tantos meses: el deporte y la música jugarán un rol pesado en la despolarización política de este país.
Pero no cabe la palabra júbilo ni celebración. Esto, como tantas cosas, es la gran joda nacional. Estábamos representados por un buen equipo: tejido, ceñido y acoplado, como las costuras de una pelota. Estábamos representados por nosotros mismos, llenando tribunas, calles, vehículos, pantallas de TV, el cielo de cohetones, el país de gritos, las conversas de retos. Pocos pasaron indiferentes.
Todo y todos somos cómplices de una cagada de risa que aún no termina.
Porque el partido estuvo buenísimo, la Serie Nacional y del Caribe produjeron disritmias en el latido nacional, pero el final, ese final sarcástico, quedó para el recuerdo. Un “no la viste”, un “sóbese que eso duele”, un blooper para nostálgicos. La bola se elevó para ser un out sencillo y fue a darle a la cabeza al jugador dominicano. Qué bolas. Así llegamos al home con la victoria. (Es que hasta de pronto se empieza a hablar en primera persona plural, los ánimos de identificación nos desbordan, el “nuestro” nos pertenece). Son incontables ya las repeticiones del momento, igual que los comentarios en la calle sobre el coquito que puso punto final a la serie… si hasta el compañero de equipo se rió del caído y lo levantó del suelo, confundido, avergonzado, con un “vámonos hermano, que esto se acabó”.
Y para nosotros empezó esta fiesta/excusa para tan mentado febrero. El país quedó “resteado” (traducciones, por favor). Hay un permiso tácito para llegar tarde al trabajo e irse luego a dormir, para fastidiar a cuanto “esavainaestabacomprada” se nos cruce por el frente, para no entregar la tarea, para andar sonando pitos en el Metro de Caracas. Como si nos hicieran falta razones para ponerle nombres al caos. Esto huele a cerveza.
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Aquí en PdP el partido empezó suculento. Las primeras entradas sirvieron para cocinar los acompañantes del resto de la joda: tortillas de patatas y un pudín de chocolate (de esos disuelva-agite-caliente y deje reposar: anota, Sumito Estévez). Así que al sentar cabeza y estómago para el partido, ya el marcador iba 3 a 1, en contra.
Pero bastaba aderezar cada buena jugada con un trozo de tortilla para saber que no seguiría así. Bastaba brindar a la salud de mi padre caraquista, que estaba como a 70 km de distancia, para saber que 9 entradas eran suficientes si el equipo quería demostrar su capacidad. Aunque se dieron el lujo de poner el país en tensión.
El pudín estuvo frío en el noveno episodio, justo a tiempo para ser aderezado (envenenado quizás) con algo de canela y pimienta. Ya saben, también en la cocina los buenos ingredientes pueden necesitar refuerzos. Entonces los chicos decidieron venir de atrás, empatar y servir el plato para que fuese lo que la pelota quisiera. Y ésta quiso mimetizarse entre las luces del estadio para con-fundirse en ellas. La diosa cuero y sudor quiso iluminarse en el olimpo y caer como mala pedrada a pajarito sobre la gorra (y lo que había debajo) del dominicano.
“¿Qué dirán los diarios dominicanos hoy?”. No se sabe: pero apunto otros toques de pimienta para la mitología criolla.
• ¿A quién se le ocurre ir a abrazar al que anotó la carrera de la victoria?, éste tan solo pedía “denme aire, no joda” y logró zafarse de unos cuantos que no saben medir la euforia. Casi “Violencia tipo D”. Por cierto, supe que Alex González cumplirá años, igual que yo, exactamente en una semana.
• “Un saludo a mis hijos que están allá en Venezuela”: palabras de cartilla de un grandesligas raspado en geografía.
• “Teníamos a las mujeres con ojeras”. ¿y ahora cómo estarán?
• Junto a la frase anterior ¿Vieron la fertilidad y el orgullo del venezolano? ¿Cuántos jugadores tuvieron el detallazo de llevar a sus hijos a la premiación? Bellísimo, comiendo moquitos y todo.
• “Le bateé el slider como esperaba, para respetar el juego”. Así se hace, Alex. El juego se respeta, como a la madre, y estamos en un juego de caballeros.
• “El sólo corría así cuando le iba a pegar de pequeño”… la misma madre del jugador más valioso.
• ¿Debemos ver con ojos de ternura o de sarcasmo la cursilería del periodista deportivo aquel que quiso “darle un abrazo al campeón en nombre de Venezuela”? El mismo que le hizo unas preguntas poniéndole “una mano en el pecho para sentir sus latidos”.
• El profesionalismo del periodista Dámaso Blanco colándose por los rincones para hacer su trabajo. Con la frente llena de papelillos y manejandose con la gente de seguridad del evento (que tuvieron tamaño conflicto con los reporteros gráficos).
• ¿Cómo se dan el lujo de tener a tremendo locutor, con futuro, un ex-jugador con la contextura de una puerta de roble y llamarle “la perla negra”? Acortado a Perla, y ya. El cariño quiebra “las normas” en este país.
Esto huele a cerveza, mañana también habrá excusas. Los innings como que no se acaban y pronto viene el Mundial de Béisbol.
A nuestra salud.





