Al rincón cuando los senderos se bifurcan
Ya pasó hace 5 años cuando estaba parado frente a la universidad con varias opciones para escoger, distintas hipótesis de vida. Entonces fui a mi rinconcito, y tomé una decisión. La que está a la vista.
(Mi rincón, o la trinchera, está frente al Caribe. Es un sitio de paso para aves al atardecer. Es un lugar de desove para miles de cangrejo terrestres. El plancton brilla verde fosforescente las noches de luna. En los amaneceres el cielo tiende a ser morado y algunos delfines se dejan ver jugueteando más allá de mis brazadas. Cuando llueve es la gloria. Los zancudos son insoportables, pero son una comunidad organizada que jode solo en horas predecibles. Si llueve de día, posiblemente haya un arcoiris -hoy sólo los niños se alegran al verlo-; si hay empatía, podrá verse un segundo arco con los colores invertidos. Si llueve de noche, se sabe que la mejor forma de conservar el calor es entrando al mar, dejando los miedos afuera. Es un buen sitio para el fuego o la complicidad, que son las únicas cosas necesarias para tomar decisiones)
En unas horas volveré con las mismas intenciones al rincón. Y el saco de dudas es aún mayor pues se cargan las de ayer con las de mañana, las mías y las vuestras. Es la mejor forma de ser y estar, cosa que otras lenguas resuelven con una sola palabrita, porque en parte a eso voy: a resolver y rearmar con palabritas todo lo hasta ahora montado.
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"El periodismo es la manera más hermosa de morirse de hambre" me comenta mi tutora-poeta... y dice bien... y no me decido.
Leo en una revista Etiqueta Negra del año pasado unas palabras del peruano Santiago Rocangliolo (no se pierdan su blog) sobre el asunto:
"Siempre he sido experto en abandonar los trabajos bien pagados por actividades de beneficio dudoso o nulo. Lo último que hice fue dejar un trabajo de oficina y un sueldo a fin de mes para venir a España a dilapidar mis ahorros escribiendo. Desde entonces sólo he vivido (más bien malvivido) de escribir, exceptuando una breve temporada como empleado doméstico. Como resultado, no tengo nada. Ni siquiera internet. Y sin embargo, tampoco tengo jefe ni obligaciones ni uniformes ni tengo que sonreírle a nadie porque gane más que yo. Creo que no está mal. No he tirado por la borda todo mi dinero. He comprado libertad. Y es carísima".
Definitivamente, reconocer que uno entra a la carrera como súperman y la finaliza como Clark Kent no es un acto de derrota. Todo lo contrario: es una entrega, pues detrás de las gafas se mantiene la mirada sobre un mundo por descubrir palmo a palmo. Literalmente, amigos.
Mientras tanto, y hasta nuevo año, firmo como
Samsa
(no me alcanzan las gracias para ustedes: lectores, lectoras y dialogantes. A la peña de los equivocados de Veneblogs, que les debo una. A José Luis Orihuela que me incluyó en una buena listilla. Y a todos los que, no estando cerca, dejan sus palabritas para hacerse sentir)(a por más en el 2006)





