Cuentos prohibidos
Una cosa es que las cosas ocurran y otra distinta es que sean contadas.
Eso es básico en el periodismo. Sin embargo, hay cosas que pasan dentro de los medios y no se cuentan. Por lo tanto, pocos son concientes del daño que hace éste tipo de silencio. Las historias de censura son miles, y muy pocas las que llegan a tus oídos.
Esta semana escuché tres, hay de dónde escoger, hay sitio en el banquito para llorar. Aunque mejor no nos amarguemos el día, estos tres jóvenes periodistas, por demás buenos, sabrán salir de ésta y de las que vengan.
Caso 1: Medio del Estado. Impiden que un programa se realice porque uno de los invitados representa una afrenta ideológica para el medio. El programa es de cine y se hablaría de cine independiente estadounidense. En lugar de ver al cine como un aparato cultural útil para el reconocimiento de otras realidades, o simplemente ser seducido por el encanto de la ficción, se le teme como un ser alienante que pone en jaque qué sé yo qué valores e identidad a estas alturas del siglo XXI. Lo veo como una mala nota conservadora dentro de este proceso que llaman "de cambio". Resultado: el periodista hace un comentario personal en la red y el programa va fuera del aire.
Caso 2: Medio privado. La periodista escribe su nota y la deja en manos de la editora de turno. Ésta no es especialista en la fuente ni pareciera entender de qué va la cosa en el puesto que le toca cubrir. Al día siguiente sale publicada la información cortada, alterada, descontextualizada y con la firma de la periodista. Hay derecho a reclamo pero no hay cambio ni se resarce el asunto. La práctica es común, incluido el cambio de titulares. Resultado: la editora sigue embarrando, la periodista se guarda su arrechera y tiene que estar pendiente para la próxima. Se crea una especie de paranoia interna con el propio medio. En el medio manda el dueño, impone su política editorial... pero de la firma para abajo mandan los y las periodistas.
Caso 3: Medio alternativo, impreso. El periodista hace un reportaje y una entrevista pautadas por la editora y el equipo de trabajo. Ésta se va de vacaciones y deja a una encargada. La suplente resulta ser una homofóbica o una farandulera, ya verán. El chico trae su trabajo hecho a la redacción, sobre el orgullo gay y las identidades sexuales. Al parecer, incomodan a la encargada pero los recibe... Luego salen publicados dos artículos totalmente distintos, de temas absolutamente banales, firmados por la susodicha. Resultados: el periodista reclama, vuelve la editora real y contrata a la suplente para el puesto que poco antes le había hecho dejar vacante al chamo que reclamó. Los artículos, de más está decirlo, reposarán en alguna gaveta del medio.
La gama de la censura interna es mucho más ámplia, pero cosas como éstas pudiesen evitarse si:
· Los periodistas contaran con un gremio sólido, un grupo de amigos y una legislación justa y eficaz, que les permita sostenerse y llevar esta clase de problemas a otras intancias. Necesitamos decirle a los periodistas que no están solos. Son servidores públicos y se deben a los ciudadanos, al ejercicio de la democracia.
· Los periodistas aprendieran, primero a hacer trabajos de calidad que luego puedan ser defendidos a capa y espada, negociados, para su publicación íntegra o al menos no alterada. Negociación se refiere a la capacidad de ser co-responsables con sus propios espacios y que el medio otorgue esa cuota de confianza.
· Los públicos y los periodistas exigieran medios con mayor amplitud de criterios ideológicos, que no excluyan contenidos o fuentes por la posición que éstas representen.
· Los y las editoras, jefes, dueños, mandones... fuesen capaces de definir muy bien cuáles son sus competencias y hasta dónde puede llegar su delirio personal.
Salud, amigos. Necesitamos aprender a decir no.






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